Contacto: rhuertat@uc.cl

martes, 18 de agosto de 2026

Historia de la poesía en Chile


Poesía, oralidad y escritura: una tensión constitutiva

Prof.Renato Alejandro Huerta, Dr. en Educación y Máster en Lengua y Literatura Castellana

Resumen

El presente artículo propone leer la historia de la poesía chilena desde un eje interpretativo que la crítica literaria no ha formulado como hipótesis vertebral de la tradición: la tensión productiva y recurrente entre oralidad y escritura como motor constitutivo de cada uno de sus períodos históricos. La hipótesis postula que estos dos polos —la oralidad, entendida como canto popular, habla coloquial, voz performática y tradición indígena; y la escritura, entendida como épica culta, experimentación tipográfica y tradición impresa— no se resuelven históricamente en favor de ninguno de ellos, sino que en su fricción generan las formas estéticas más significativas de la poesía chilena, desde La Araucana hasta la poesía mapuche bilingüe contemporánea. Para precisar esta hipótesis, el artículo dialoga críticamente con el marco de Ángel Rama (La ciudad letrada, 1984), respecto del cual propone desplazamientos decisivos: donde Rama ve dominación unidireccional de la letra sobre la voz, este artículo propone una tensión bidireccional y productiva; donde Rama trabaja con la prosa como institución social, este artículo trabaja con la poesía como fenómeno estético; donde Rama busca el denominador latinoamericano, este artículo trabaja con la especificidad chilena. La metabolización de las categorías de Walter J. Ong —oralidad primaria, secundaria y, como extensión propuesta aquí, resistente— y del concepto de performance de Paul Zumthor permite profundizar el análisis en los casos paradigmáticos de Chihuailaf y Neruda. El artículo incluye asimismo una reflexión sobre la presencia de la poesía chilena en el sistema educativo y su potencial como herramienta de pensamiento crítico en el aula.

Palabras clave: poesía chilena, oralidad, escritura, performance, colonialidad de la letra, pensamiento crítico, historia literaria.

Abstract

This article proposes reading the history of Chilean poetry through an interpretive axis that literary criticism has not yet formulated as the central hypothesis of the tradition: the productive and recurrent tension between orality and writing as the constitutive motor of each of its historical periods. The hypothesis contends that these two poles —orality, understood as popular song, colloquial speech, performative voice and indigenous tradition; and writing, understood as learned epic, typographical experimentation and print tradition— do not resolve historically in favor of either, but rather produce, in their friction, the most significant aesthetic forms of Chilean poetry, from La Araucana to contemporary bilingual Mapuche poetry. In developing this hypothesis, the article engages critically with Ángel Rama's framework (La ciudad letrada, 1984), proposing decisive displacements: where Rama sees unidirectional domination of voice by letter, this article proposes a bidirectional and productive tension; where Rama works with prose as a social institution, this article works with poetry as an aesthetic phenomenon; where Rama seeks the Latin American common denominator, this article works with Chilean specificity. The metabolization of Walter J. Ong's categories —primary orality, secondary orality and, as proposed here, resistant orality— and Paul Zumthor's concept of performance deepens the analysis in the paradigmatic cases of Chihuailaf and Neruda. The article also includes a reflection on the presence of Chilean poetry in the educational system and its potential as a tool for critical thinking in the classroom.

Keywords: Chilean poetry, orality, writing, performance, coloniality of the letter, critical thinking, literary history.

─────────────────────────────────────────

Introducción: una hipótesis para leer la poesía chilena

La historia de la poesía chilena ha sido narrada, con honrosas excepciones, como una sucesión de movimientos y figuras canónicas ordenadas cronológicamente: la épica colonial, el romanticismo republicano, el modernismo, las vanguardias, la antipoesía, la poesía de la dictadura y el pluralismo contemporáneo. Esta narración no es falsa, pero es incompleta. El presente artículo propone leerla desde un eje interpretativo distinto, que permite descubrir una lógica profunda que atraviesa todos los períodos y que, a nuestro juicio, no ha sido formulada hasta ahora como hipótesis vertebral de la tradición poética chilena.

La hipótesis es la siguiente: la poesía chilena puede comprenderse, en su totalidad y en cada uno de sus momentos constitutivos, como el escenario de una tensión productiva y recurrente entre oralidad y escritura. Estos dos polos no deben entenderse como categorías estáticas, sino como fuerzas en permanente negociación: la oralidad comprende el canto popular, el habla coloquial, la voz performática, la tradición indígena, la décima improvisada y el cuerpo que entona; la escritura comprende la épica culta, el modernismo cosmopolita, la experimentación tipográfica vanguardista, la tradición impresa y el texto que se lee en silencio. En cada período histórico, la poesía chilena genera su forma propia precisamente en el punto de fricción entre estos dos polos.

Esta tensión no es exclusiva de Chile, pero adquiere aquí una configuración singular por razones históricas específicas. El encuentro colonial entre la cultura oral mapuche —poseedora de una de las tradiciones verbales más complejas del continente, con sus ülkantun (cantos), epew (relatos) y la institución del ngenpin (orador ritual)— y la épica escrita española produjo desde el principio un campo poético marcado por la negociación entre la voz y la letra. Esta negociación inaugural —la escritura que intenta capturar y a la vez someter la oralidad del otro— se repite, bajo distintas formas y con distintas tensiones de poder, en cada etapa posterior. Como han observado Walter J. Ong (1987) y Paul Zumthor (1989) para el contexto occidental medieval y moderno, la transición entre oralidad y escritura no produce la sustitución de la primera por la segunda, sino una compleja interpenetración en la que cada polo transforma al otro. En el caso chileno, esta interpenetración es especialmente productiva porque la tradición oral no desaparece —ni en la poesía popular del canto a lo poeta, ni en Mistral, ni en Neruda, ni en Parra, ni en Chihuailaf— sino que retorna permanentemente a fertilizar la escritura culta.

Esta hipótesis no puede formularse sin situarse en diálogo crítico con el marco más influyente que ha pensado la relación entre letra y oralidad en América Latina: La ciudad letrada (1984) de Ángel Rama. Para Rama, la escritura en el continente es ante todo un instrumento de dominación: la élite de letrados —funcionarios coloniales, clérigos, abogados, poetas de corte— administra el orden social a través del monopolio de los signos, subordinando las culturas orales que la rodean. La letra, en su lectura, es poder; la voz, resistencia sometida. Esta tesis tiene una pertinencia innegable para la poesía chilena: La Araucana es, en efecto, un acto de apropiación letrada de la oralidad guerrera mapuche, y la historia de la literatura nacional puede leerse, en parte, como la historia de esa dominación y sus impugnaciones.

Pero la hipótesis de este artículo desplaza a Rama en tres puntos que son decisivos. El primero es la dirección de la tensión: donde Rama ve dominación fundamentalmente unidireccional —la letra somete la voz—, este artículo propone ver una tensión bidireccional y productiva en ambos sentidos. La oralidad no es solo objeto de la operación letrada sino también su transformadora permanente: el canto a lo poeta contamina la dicción de Mistral, el habla popular reconfigura la antipoesía de Parra, la cadencia oral del mapuzugun remodela el español de Chihuailaf. Esto no niega la asimetría de poder que Rama señala; la complejiza, al mostrar que el polo oral dispone de agencia estética, no solo de resistencia política. El segundo desplazamiento es de género: Rama trabaja fundamentalmente con la prosa —crónicas, documentos legales, novela realista— y piensa la ciudad letrada como institución social antes que como fenómeno estético. Este artículo trabaja específicamente con la poesía, género en el que la tensión oralidad/escritura produce formas estéticas propias —el ritmo, la cadencia, la declamación, la tipografía visual— que no son reducibles a las relaciones de poder que las condicionan. El tercer desplazamiento es geográfico y comparativo: donde Rama trabaja con toda América Latina y busca el denominador común continental, este artículo trabaja con la especificidad chilena, donde la configuración singular del encuentro colonial —la épica española frente a una de las tradiciones orales más complejas del continente— produce una dinámica que no es idéntica a la de México, el Caribe o el Río de la Plata. La lectura de Rama es el horizonte necesario; la hipótesis de este artículo es una lectura desde dentro de esa tradición, atenta a lo que la generalización continental no puede capturar.

El artículo mantiene la estructura cronológica del panorama histórico original —que permite situar cada período en su contexto— pero la atraviesa con este eje interpretativo, procurando que cada sección no sea solo descriptiva sino también analítica. Se han incorporado asimismo correcciones a imprecisiones factuales presentes en versiones anteriores del texto y se ha ampliado el diálogo con la crítica literaria chilena especializada.

 

Poesía chilena de la época colonial (siglos XVI–XVIII)

La poesía en Chile tiene sus primeros referentes durante la época colonial, en estrecha relación con la literatura producida por los conquistadores españoles. Un hito fundacional es la poesía épica de la Conquista, representada por La Araucana (1569–1589) de Alonso de Ercilla, poema épico en castellano sobre la guerra de Arauco. Esta obra inauguró una tradición de poemas épicos coloniales que imitaban su estilo y temática, ensalzando las hazañas bélicas en suelo chileno. Tras Ercilla surgieron continuadores que trasladaron motivos europeos renacentistas al escenario americano; con el tiempo, muchos de estos poemas dejaron de centrarse en hechos históricos para abordar sentencias morales, amorosas u otros tópicos clásicos.

Leída desde la hipótesis de este artículo, La Araucana es ya el escenario inaugural de la tensión oralidad/escritura que atravesará la poesía chilena. Ercilla no era un letrado ajeno a su objeto: convivió con el conflicto y escuchó a los guerreros mapuches. El poema incorpora —bajo la forma de discursos atribuidos a caudillos como Colocolo, Caupolicán o Lautaro— voces que traducen la elocuencia oral indígena al metro de la octava real. Esta operación de transcripción es, al mismo tiempo, un acto de reconocimiento y de apropiación: la oralidad guerrera mapuche ingresa a la escritura épica española y, al hacerlo, transforma la convención del género. Así lo ha señalado Grínor Rojo (1990), para quien La Araucana es el texto que funda la literatura chilena precisamente porque registra, bajo la forma de la épica culta, la voz de quienes resisten la escritura como instrumento de dominación.

En este contexto aparece Pedro de Oña, considerado el primer poeta nacido en territorio chileno. Oña publicó en 1596 Arauco domado, un poema épico que sigue la estela de La Araucana y que incluso fue adaptado al teatro por Lope de Vega. Aunque Arauco domado no alcanzó el brillo literario de la obra de Ercilla, la contribución de Pedro de Oña fue relevante: introdujo una nueva variación métrica de la octava real que muestra la temprana adaptación local de formas poéticas españolas. Además de la épica, durante el período colonial se cultivaron poemas religiosos y crónicas en verso, generalmente escritos por clérigos o funcionarios coloniales. Estas obras, de estilo barroco y didáctico, reflejaban la mentalidad de la Colonia, fuertemente marcada por la religiosidad y la lealtad a la Corona.

Hacia fines del siglo XVIII, la producción literaria en Chile mostraba indicios de cambio. La influencia de la Ilustración y las nuevas ideas ilustradas europeas comenzó a sentirse en los criollos educados. Esto sentó las bases para una literatura de carácter proto-nacional, preludio de la etapa independentista. Sin embargo, hasta antes de 1810 la creación poética local seguía limitada: la educación formal era elitista y la cultura impresa escasa, por lo que la poesía circulaba principalmente en círculos cultos reducidos.

Aun así, la tradición oral —como el canto a lo poeta (poesía popular en décimas improvisadas)— tuvo presencia desde la Colonia, manteniendo vivo un cauce de lírica popular de raíces hispánicas e inflexión local. Esta poesía popular (décimas, payas) convivió al margen de la poesía culta y representó, desde el inicio, el polo oral de la tensión que este artículo propone como motor de la tradición. Autores como Naín Nómez (2006) han enfatizado que la coexistencia de estas dos líneas —la escritura culta letrada y la oralidad popular— no es una anomalía sino el rasgo estructural más persistente de la poesía chilena. Su reunión eventual en figuras como Violeta Parra o Nicanor Parra constituirá, en el siglo XX, una de las síntesis más poderosas que haya producido la poesía en lengua española.

 

Poesía de la Independencia y del siglo XIX

Durante el período de la Independencia (ca. 1810–1825) la poesía en Chile asumió un cariz marcadamente patriótico y político. La llamada literatura independentista y patriótica abarcó obras desde fines del siglo XVIII hasta mediados del XIX que buscaban promover la idea de pueblos libres e inspirar fervor nacional. En Chile y América, estos poemas y odas independentistas, influenciados por el ideario ilustrado, exaltaban a los héroes de la emancipación e inculcaban valores republicanos y libertarios. Un ejemplo temprano es la Alocución a la poesía (1823) de Andrés Bello, donde el autor (venezolano radicado en Chile) invoca a la poesía a acompañar el surgimiento de la nueva nación. También se escribieron odas cívicas y composiciones en honor a batallas o próceres independentistas. Estos textos, a menudo publicados en periódicos de la época, empleaban un lenguaje directo y emotivo para convocar a la ciudadanía a la causa patria.

La imprenta fue clave en esta difusión: la poesía patriótica circuló en hojas sueltas, periódicos y proclamas, ayudando a forjar una conciencia nacional. Esta circulación impresa coexistió, sin embargo, con la recitación oral en actos públicos y ceremonias cívicas: el poema patriótico se escribía para ser declamado, es decir, para retornar desde la letra a la voz. Esta oscilación es ya característica de la tensión que atraviesa el período: el romanticismo patriótico necesita la letra para fijar su mensaje, pero necesita la voz para transmitirlo.

Consolidada la República, a partir de 1830 florece la poesía del siglo XIX en un país ya independiente. La generación de intelectuales de 1842 —en torno a la fundación de la Universidad de Chile— marcó un punto de partida para una literatura nacional consciente de sí misma. En esta época predomina el Romanticismo, movimiento literario que en Hispanoamérica se caracterizó por su fuerte sentido nacionalista y por la incorporación de temas y personajes locales antes marginados (el campesino, el indígena, el paisaje autóctono). Poetas románticos chilenos como José Antonio Soffia, Guillermo Matta o Eusebio Lillo (autor de la letra del himno nacional en 1847) exaltaron en sus versos el amor por la patria, la naturaleza chilena y los ideales libertarios. Un caso notable es Mercedes Marín del Solar, considerada la primera poetisa chilena, quien en 1837 escribió una célebre elegía por la muerte del ministro Diego Portales, combinando la expresión emotiva con la reflexión patriótica.

Hacia la segunda mitad del siglo XIX, la poesía chilena evoluciona hacia el Post-romanticismo y el Modernismo. En las décadas de 1880–1900, bajo el influjo del parnasianismo y el simbolismo francés, surgen poetas que renuevan la forma y el lenguaje. El Modernismo hispanoamericano, liderado por Rubén Darío, también echó raíces en Chile en torno al cambio de siglo, y autores como Manuel Magallanes Moure exploraron una poesía de refinamiento estético, musicalidad y cosmopolitismo, alejándose del exceso retórico romántico.

No obstante, a fines del XIX convivieron varias tendencias. Un precursor importante fue Carlos Pezoa Véliz (1879–1908), cuyos poemas sencillos sobre la vida urbana y la pobreza ("Al pasar", "Un día de invierno") introdujeron una sensibilidad social en la lírica chilena, anticipando preocupaciones del siglo XX. La obra de Pezoa Véliz es significativa desde la perspectiva de la tensión aquí propuesta: su lenguaje coloquial y su temática urbana representan la primera importación deliberada del registro oral callejero —el habla del conventillo, la queja del cesante, el tono de la crónica periodística— al interior de la forma escrita del poema. No es aún la antipoesía de Parra, pero la anticipa en su gesto fundamental: devolver al poema escrito la presión de una voz cotidiana que la escritura culta había mantenido fuera de sus fronteras. Nómez (2006) lo ha situado como el umbral de una línea que el siglo XX chileno desarrollará con consecuencias mayores.

En suma, el siglo XIX poético transita desde la épica patriótica y la exaltación romántica de la nación, hacia una lírica más íntima y modernista, reflejando los cambios de una sociedad que de la gesta independentista pasó a la organización republicana y al ingreso en la modernidad. Durante este siglo, el contexto histórico —guerras como la del Pacífico (1879–1883), la consolidación del Estado, la influencia francesa— alimentó los temas y estilos de la poesía, ya fuera en la forma de versos patrióticos, cantos a la naturaleza chilena o exploraciones simbolistas de fines de siglo.

 

Poesía chilena del siglo XX: vanguardias y posguerra

La llegada del siglo XX marcó en Chile —como en toda Hispanoamérica— una etapa de experimentación y auge creativo en la poesía. Tras el modernismo de fines del XIX, que había buscado la belleza como fin último del arte y expresado cierto desencanto ante la realidad social, surgieron corrientes rupturistas conocidas como vanguardias. Las vanguardias literarias, desarrolladas principalmente en las décadas de 1920 y 1930, buscaron quebrar las formas tradicionales e inventar un lenguaje nuevo para una realidad convulsa.

Vicente Huidobro sobresale como el pionero del movimiento vanguardista en Chile —y uno de los primeros en lengua castellana— con su propuesta del Creacionismo. En torno a 1914, Huidobro formuló el manifiesto "Non serviam"1, donde proclamó que el poeta no debía servir a la naturaleza sino crear su propia realidad. Este gesto simboliza la ruptura vanguardista con la mímesis tradicional y la búsqueda de la autonomía absoluta de la creación poética. Huidobro, con obras como Altazor (1931), abrió caminos hacia la experimentación lingüística radical, la visualidad en la poesía y la reflexión metapoética.

Aplicada al Creacionismo de Huidobro, la tensión que este artículo propone revela su extremo escritural: es una poesía que radicaliza la letra hasta hacerla independiente de cualquier referente oral o cotidiano. El poema no debe reproducir ni la naturaleza ni el habla; debe construir un mundo lingüístico autónomo, donde la materialidad gráfica de las palabras —su disposición tipográfica, su sonoridad inventada— constituye su único referente. En este sentido, el Creacionismo es la apuesta más consecuente por la escritura pura que ha producido la poesía chilena. Su destino histórico fue, sin embargo, el de producir por contraste la necesidad de retornar a la voz: la antipoesía de Parra es, en parte, la respuesta oral a la apuesta escritural de Huidobro.

En paralelo a las vanguardias, Gabriela Mistral emergió en las primeras décadas del siglo XX como una voz singular. Mistral (Premio Nobel de Literatura 1945) se inscribe en la tradición postmodernista y humanista. Sus poemarios Desolación (1922), Tala (1938) y Lagar (1954) abordan temas universales —el amor materno, la muerte, Dios, América campesina— con un lenguaje que, según la caracterización de Iván Carrasco (s.f.), pertenece a un ámbito "religioso, ético y socialmente comprometido con la persona humana".

La posición de Mistral en la tensión oralidad/escritura es particularmente productiva. Maestra rural de formación, conocedora del folclore y de la tradición oral campesina, Mistral llevó a la escritura culta los ritmos del canto popular, las formas de la nana y la ronda, los giros del español coloquial de los Andes y La Serena. Sus Rondas, que formaron parte durante décadas de los textos escolares chilenos, son poemas escritos para ser cantados: la letra recupera la voz, la escritura devuelve la oralidad a la comunidad. Esta operación de traducción de la oralidad rural a la escritura culta es, a su manera, tan radical como la operación inversa que realizará Huidobro.

También es importante destacar el Surrealismo chileno, encarnado en el Grupo Mandrágora (fundado en 1938 por Braulio Arenas, Teófilo Cid y Enrique Gómez Correa). Estos poetas publicaron la revista Mandrágora y abrazaron la escritura automática y el sueño como fuentes de creación. Aunque minoritario, el surrealismo local dejó huella en la renovación del lenguaje poético.

En el caso de Pablo Neruda, la tensión oralidad/escritura adquiere su forma más compleja y monumental. Su poesía temprana —Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924), Residencia en la tierra (1933)— es de alta densidad escritural, hermética y visionaria. Pero a partir de Canto general (1950) y las Odas elementales (1954–1957), Neruda busca deliberadamente la oralidad: el verso se vuelve más largo y declamatorio, los temas se acercan a lo cotidiano y popular, y la performance de la voz se convierte en parte constitutiva del acto poético. Sus lecturas masivas —ante miles de personas en estadios y plazas públicas— son inseparables de su poética: Neruda es el poeta chileno que más conscientemente convirtió la oralidad del recital en forma de su escritura. El Premio Nobel que recibió en 1971 coronó esta obra de alcance continental.

La categoría que Paul Zumthor (1989) denomina performance permite precisar esta observación. Para Zumthor, la performance no es un accidente o un complemento del texto poético: es su condición de realización plena, el acto en que el texto pasa de la potencialidad de la letra a la actualidad de la voz encarnada en un cuerpo, en un espacio, en un tiempo singular. La escritura fija el texto, pero no lo agota: el texto poético tiende siempre a la performance como a su horizonte de verdad. Esta distinción entre texto fijo y performance plena ilumina la obra de Neruda de una manera que la crítica literaria chilena no ha explotado suficientemente. Los recitales masivos de Neruda —ante miles de personas en estadios, plazas y teatros del mundo— no son ilustraciones de su escritura sino eventos en los que esa escritura se realizaba de modo pleno y diferente en cada ocasión. La dicción de Neruda, su manera de pausar en la aliteración, de acelerar en el catálogo, de modular la voz entre el susurro íntimo y el grito profético, era constitutiva de la obra, no parasitaria de ella.

Las grabaciones de Neruda leyendo sus propios poemas son, desde la perspectiva de Zumthor, documentos de performances singulares: realizaciones irrepetibles del texto que la letra no puede contener por completo. En este sentido, Neruda es el poeta chileno en quien la tensión oralidad/escritura alcanza su resolución más productiva: no como síntesis que anula los polos, sino como oscilación permanente entre el texto que se escribe para ser dicho y la voz que se registra para ser leída. Zumthor observa que en la poesía medieval la escritura y la voz coexistían en una tensión que la modernidad impresa intentó —sin lograrlo del todo— resolver en favor de la letra. El caso de Neruda demuestra que esa tensión no quedó resuelta en la modernidad chilena: la voz siguió reclamando sus derechos sobre el texto escrito, y la obra lo sabe desde su propio diseño rítmico y declamatorio.

Hacia mediados del siglo XX surge la figura de Nicanor Parra, quien en 1954 publica Poemas y antipoemas. Con Parra nace la antipoesía, propuesta que marca un parteaguas en la literatura chilena. La antipoesía de Parra es deliberadamente transgresora y desacralizadora: elimina el tono solemne del poeta-vate y lo sustituye por un hablante irónico, prosaico y crítico de la sociedad. Parra incorpora el humor negro, la sátira política y referencias a la cultura popular, en un lenguaje coloquial que, como ha analizado Federico Schopf (1986), supone una impugnación radical de las "normas definidas" de la poesía escrita.

Si el Creacionismo representa el extremo de la escritura, la antipoesía de Parra es el momento en que el polo oral de la tensión retorna con fuerza máxima. Parra vuelca el habla coloquial, el chiste, el refrán, la queja cotidiana contra la solemnidad de la escritura poética. El antipoema no es un poema que niega la poesía: es un texto que recuerda al poema escrito que hubo una vez una voz, un cuerpo, un parlante ridículo y mortal que no puede habitar el palacio del lenguaje elevado. Como señala Coddou (ed., 1987), la antipoesía de Parra redefine el contrato entre el texto poético y el lector porque ese lector es convocado no como contemplador de la letra sino como interlocutor de una voz.

Esta generación de mitad de siglo en Chile fue muy prolífica y variada. Enrique Lihn desarrolló una poesía intelectual y escéptica frente al lenguaje mismo; Jorge Teillier2 fundó la llamada "poesía lárica", replegada en la nostalgia rural; y Gonzalo Rojas experimentó con imágenes visionarias y un erotismo metafísico. Todos ellos nacidos entre 1920 y 1935, pertenecen a la llamada "Generación del 50", caracterizada por su gran diversidad de registros. En esta generación se produce también la irrupción de Pedro Prado —novelista y poeta del grupo Los Diez, activo principalmente en las dos primeras décadas del siglo XX3— como figura del umbral entre modernismo y vanguardia.

 

Poesía chilena durante la Dictadura (1973–1989)

El golpe de Estado de 1973 y la instauración de la dictadura cívico-militar de Augusto Pinochet provocaron un quiebre profundo en la sociedad chilena, al cual la poesía no fue ajena. Lejos de silenciarse, la producción poética entre 1973 y 1989 fue inusualmente fértil, aunque marcada por las circunstancias de violencia, censura y exilio. La poesía chilena en dictadura se volvió en gran medida testimonial y de resistencia.

El período de la dictadura representa, en el esquema interpretativo de este artículo, la versión más extrema y dramática de la tensión oralidad/escritura: el régimen intentó suprimir la voz pública —la voz que protesta, que nombra a los desaparecidos, que canta a la resistencia— y la poesía respondió mediante una doble estrategia. Por un lado, la escritura clandestina: poemas que circulaban en mimeógrafos, que se ocultaban en los pliegues de la letra para esquivar la vigilancia, que codificaban sus mensajes en metáforas y alegorías. Por otro, la voz exiliada: la poesía que siguió hablando desde el exterior, que se recitó en universidades europeas y latinoamericanas, que se grabó en discos y se transmitió por radio.

Como señala el ensayista Andrés Morales (2012), durante este período "la poesía se transforma... en un arma ideológica y en un instrumento testimonial y comprometido". Los poetas de distintas generaciones convergieron en una poesía orientada por los ideales históricamente asociados a la izquierda y a la Unidad Popular de Salvador Allende. Figuras de la Generación del 50 —Lihn, Gonzalo Rojas—, así como jóvenes de las décadas siguientes —Óscar Hahn, Gonzalo Millán, Juan Luis Martínez— todos respondieron al entorno opresivo.

Destaca la obra de Raúl Zurita, cuya trilogía Purgatorio (1979), Anteparaíso (1982) y La vida nueva (1994) —en parte escrita durante el régimen— emplea imágenes apocalípticas y del paisaje chileno como alegoría del dolor y la esperanza colectiva. Zurita incluso realizó acciones poéticas de alto impacto, como escribir versos en el cielo de Nueva York en 1982, en un acto donde la escritura abandona el papel y se vuelve gesto aéreo, voz visual: el momento más paradójico de la tensión que este artículo propone, porque la escritura se hace efímera como la voz.

Otra figura clave es Juan Luis Martínez, exponente de la neovanguardia conceptual: su libro La nueva novela (1977) es un artefacto poético experimental que desafía las nociones de autoría y texto. Junto a ellos, Carmen Berenguer, Soledad Fariña y Elvira Hernández (pseudónimo de Teresa Adriasola) aportaron una perspectiva feminista y crítica; esta última escribió La bandera de Chile (poema compuesto hacia 1981, difundido clandestinamente4), donde la bandera nacional —convertida en mordaza— simboliza el silenciamiento del pueblo bajo la dictadura.

En el exilio, poetas chilenos continuaron escribiendo y articulando publicaciones. Se multiplicaron las antologías y colecciones de poesía de la resistencia publicadas en el extranjero durante los 70 y 80. Estas obras difundieron internacionalmente la situación chilena. Los temas dominantes de la poesía bajo dictadura fueron la pérdida de la patria, la memoria de los desaparecidos, la cárcel, la tortura y el anhelo de liberación. La escritura se vuelve así un acto de denuncia y de conservación de la memoria histórica.

Este período vio también el nacimiento de la llamada Generación de los 80 o "Generación NN" —aludiendo irónicamente al anonimato de los desaparecidos—, poetas jóvenes formados en pleno régimen autoritario: Diego Maquieira, Rodrigo Lira5, José Ángel Cuevas, Ximena Rivera, entre otros. Sus obras prepararon el terreno para la poesía de la transición democrática.

 

Poesía chilena de la Transición (1990–actualidad)

Con el retorno a la democracia en 1990, Chile entró en una fase de Transición en la que la libertad de expresión fue recuperada gradualmente. La poesía de la transición (años 1990 y 2000) refleja por un lado la liberación del yugo censurador, y por otro la persistencia de heridas del pasado. Muchos poetas continuaron elaborando el trauma de la dictadura, ahora con posibilidad de publicación abierta en Chile.

Raúl Zurita, consolidado como uno de los grandes poetas nacionales, publicó La vida nueva (1994) —culminación de su trilogía— y siguió escribiendo en décadas posteriores sobre el amor y el dolor con un tono épico-redentor que dialoga con la historia de Chile. Esta trayectoria fue reconocida con el Premio Nacional de Literatura en 2000 y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2020.

Al mismo tiempo, en la poesía de los 90 se apreciaron nuevos enfoques y voces antes marginadas. Surgió con fuerza la poesía femenina post-dictadura (Rosabetty Muñoz, Verónica Zondek, Malú Urriola, Elvira Hernández). También adquirió visibilidad la poesía mapuche bilingüe. Un ejemplo relevante es Elicura Chihuailaf, poeta mapuche cuyas obras —escritas en mapuzugun y castellano, como De sueños azules y contrasueños (1995)— transmiten la cosmovisión indígena y sirven como puente de diálogo cultural. Su aporte fue reconocido con el Premio Nacional de Literatura 2020.

La irrupción de la poesía mapuche bilingüe es, en el eje interpretativo de este artículo, el retorno más radical y más consciente de la oralidad originaria al interior del sistema de la escritura. Chihuailaf no solo escribe en dos lenguas: escribe en un español que lleva las marcas del mapuzugun, de la cadencia oral del fogón y del sueño como fuente de conocimiento. Junto a figuras como Leonel Lienlaf o David Aniñir, esta corriente plantea que la tensión oralidad/escritura no es solo un problema estético sino también político: ¿qué lengua es la legítima para la escritura poética en Chile? ¿Quién tiene derecho a la letra?

La distinción que Walter J. Ong (1987) establece entre oralidad primaria y oralidad secundaria permite matizar esta descripción y enriquecer la hipótesis del artículo en su punto de mayor complejidad. La oralidad primaria, en la terminología de Ong, pertenece a culturas que no tienen ningún conocimiento de la escritura: produce formas de pensamiento aditivas antes que subordinativas, situacionales antes que abstractas, participativas antes que analíticas, y desconoce por completo la experiencia de la letra. La oralidad secundaria, en cambio, es la que emerge en la era electrónica —radio, televisión, teléfono—: depende de la escritura para existir y ha interiorizado sus hábitos cognitivos, aunque regrese a la voz como medio de difusión.

La oralidad que porta la poesía de Chihuailaf no encaja cómodamente en ninguna de estas dos categorías, y esa inadecuación es filosóficamente productiva. No es oralidad primaria: el pueblo mapuche ha tenido contacto con la escritura desde la Colonia, a través de la evangelización, la escuela y la juridización de sus tierras por documentos que él no podía leer ni refutar en sus propios términos. Tampoco es oralidad secundaria: no es la oralidad electrónica del siglo XX, sino algo históricamente más antiguo y políticamente más complejo. Podríamos denominarla —siguiendo una extensión del marco de Ong que el propio autor no desarrolla para contextos indígenas latinoamericanos— una oralidad resistente: la de una cultura que conoció la escritura como instrumento de dominación y que ha preservado, precisamente en su resistencia a ella, formas de pensamiento, cadencia comunitaria y transmisión del saber que la letra no logró destruir del todo.

Cuando Chihuailaf escribe en mapuzugun y en castellano, no restaura simplemente la oralidad del fogón: realiza una operación históricamente más compleja. Usa la escritura —el libro, el circuito editorial, el Premio Nacional de Literatura 2020— como medio de visibilización de una oralidad amenazada. Pero al hacerlo, transforma esa oralidad: el ülkantun que aparece en su texto no es el ülkantun del ngenpin ante la comunidad reunida bajo el canelo; es su traducción escritural, el signo de una oralidad que sobrevivió precisamente porque aprendió a negociar con la letra sin capitular ante ella. Esta es la forma más alta de complejidad que la tensión oralidad/escritura alcanza en la poesía chilena: no la captura de la voz por la letra, ni la resistencia de la voz a la letra, sino la apropiación estratégica de la letra por una voz que se niega a desaparecer. La categoría de Ong ilumina este fenómeno precisamente porque no puede contenerlo del todo: la poesía mapuche contemporánea exige una ampliación de su marco teórico, lo que demuestra que la hipótesis de este artículo tiene consecuencias que desbordan la tradición poética chilena y tocan debates más amplios sobre la relación entre culturas orales y tecnologías de la escritura en el mundo contemporáneo.

La poesía chilena contemporánea (años 2010 en adelante) mantiene esa pluralidad y vitalidad. Con la globalización, internet y los intercambios internacionales, las generaciones más jóvenes de poetas chilenos exploran variadas estéticas: desde la poesía visual y performática (influjo de la multimedia y la oralidad escénica) hasta la poesía de la identidad (LGBTQ+, migrantes, regionalismos) y la poesía ecológica frente a la crisis medioambiental. Chile continúa produciendo poetas de alto nivel reconocidos internacionalmente, como Óscar Hahn (Premio Nacional 2012) y Manuel Silva Acevedo (Premio Nacional 2016).

 

La poesía chilena en el sistema educativo

A lo largo de la historia, la poesía ha ocupado un lugar relevante —aunque variable— en el sistema educativo chileno, especialmente en la educación pública. En la Colonia y comienzos de la República, la enseñanza formal estaba en manos de la Iglesia y luego del Estado naciente; la literatura (y en particular la poesía) no formaba parte explícita del currículo para las mayorías, pues la educación era muy limitada. Durante el siglo XIX, con la organización del Estado, la educación pública fue concebida como una herramienta fundamental de construcción nacional: la fundación del Instituto Nacional (1813) y de la Universidad de Chile (1842) respondieron a ese proyecto. En las escuelas decimonónicas se recitaban poesías patrióticas y clásicas como parte de los ejercicios de lectura y declamación.

La recitación en el aula es, en sí misma, un fenómeno que ilumina la tensión oralidad/escritura en la educación literaria. El estudiante toma el texto escrito y lo devuelve a la voz: memorizar un poema es interiorizarlo como ritmo corporal, como experiencia vocal. Esta práctica pedagógica —hoy en declinación, pero persistente en los actos de efemérides— revela que la escuela chilena ha entendido intuitivamente que la poesía no es solo letra sino también voz que necesita un cuerpo para realizarse.

A inicios del siglo XX, la expansión de la educación pública y las sucesivas reformas incorporaron gradualmente la literatura chilena en los contenidos oficiales. Gabriela Mistral, siendo además de poeta una destacada educadora, influyó decisivamente en la manera de enseñar lengua y literatura. Abogó por acercar la lectura y la poesía a todos los niños, adaptando el lenguaje a la realidad local y defendiendo la inclusión de la cultura popular en la enseñanza (Mistral, 2015, en Gabriela Mistral y la educación: una historia en las sombras).

Durante la dictadura de Pinochet (1973–1990), la poesía en el currículo sufrió tensiones ideológicas. El régimen impulsó una educación con enfoque patriótico tradicionalista y cercenó expresiones consideradas subversivas. La obra de Pablo Neruda —identificado con el comunismo— quedó prácticamente proscrita en los primeros años del régimen. En cambio, Gabriela Mistral fue resignificada: se enfatizó su imagen más conservadora y apolítica, ocultando aspectos de su pensamiento más críticos o progresistas. Según estudios recientes (Subercaseaux, 2004), hubo una relectura de Mistral moldeada en ese período de tal modo que no resultara incómoda para la discusión social.

Tras 1990, con la recuperación democrática, se revirtió la censura previa y se actualizó la enseñanza literaria. Los planes y programas del Ministerio de Educación comenzaron a incluir explícitamente a los grandes poetas nacionales como parte de los contenidos obligatorios de Lengua y Literatura. En la actualidad, la poesía chilena es estudiada en diversos niveles escolares: en educación media se abordan las obras de Neruda, Huidobro, Parra, De Rokha y Violeta Parra (décimas), entre otros, en sus contextos históricos. El Currículum Nacional vigente (Ministerio de Educación, 2023) reconoce la importancia de la poesía como parte del patrimonio cultural. Desde 2016, el currículo incluye unidades sobre "Pueblos originarios y su literatura", donde se lee poesía mapuche bilingüe.

 

La poesía chilena como herramienta para el pensamiento crítico en el aula

La poesía, por su naturaleza reflexiva y su uso del lenguaje figurado, es un recurso pedagógico potente para fomentar el pensamiento crítico en los estudiantes. En el caso chileno, la rica tradición poética nacional ofrece múltiples oportunidades para desarrollar en el aula habilidades de análisis, interpretación y cuestionamiento de la realidad.

La poesía chilena frecuentemente aborda temas sociales, históricos y humanos complejos —desde las injusticias y dolores de la dictadura (como en Zurita), pasando por la pobreza y marginalidad (Nicanor Parra, Violeta Parra), hasta la identidad de género o étnica en la actualidad—. Al introducir estos poemas en clases, el docente puede invitar a los alumnos a examinar críticamente el contexto que los produjo y las problemáticas que plantean. La lectura de un poema de la dictadura, por ejemplo, puede ser también una entrada para discutir la dimensión oral suprimida: ¿por qué este poema circuló en mimeógrafo en lugar de publicarse? ¿Qué implica que la escritura tuviera que ocultarse? ¿Qué voces fueron silenciadas?

El trabajo con poesía en el aula promueve la interpretación múltiple y el cuestionamiento, elementos centrales del pensamiento crítico. Según especialistas en pedagogía literaria, la poesía potencia la empatía y la imaginación, permitiendo a los estudiantes ponerse en el lugar del otro y cuestionar sus prejuicios. Al leer poesía mapuche, por ejemplo, pueden apreciar otra cosmovisión y cuestionar visiones hegemónicas. El programa "Alumbrado por el relámpago: Gonzalo Rojas y su poesía" (Consejo de la Cultura, 2017) es un ejemplo de esta articulación entre poesía y pensamiento crítico en el contexto educativo chileno.

La creación poética por parte del estudiante es igualmente valiosa. Al animarlos a escribir sus propios versos, se les impulsa a articular sus ideas y sentimientos de manera estructurada, a elegir palabras con intención y a revisar su entorno con ojos más atentos. La poesía oral —el slam, la décima improvisada— puede servir para introducir en el aula la dimensión performática de la poesía, conectando con tradiciones como el canto a lo poeta que vienen del período colonial y que siguen vivas en comunidades rurales chilenas.

 

Conclusión

La poesía chilena, leída desde la hipótesis propuesta en este artículo, revela una coherencia que la narración meramente cronológica no permite apreciar: es una tradición definida por la tensión productiva entre oralidad y escritura, que en cada período genera formas distintas —la épica colonial que absorbe la voz mapuche, el romanticismo que oscila entre la letra y la declamación, el creacionismo que lleva la escritura a su extremo autónomo, la antipoesía que devuelve la voz coloquial al texto, la poesía de dictadura que clandestiniza la escritura para preservar la voz prohibida, la poesía mapuche contemporánea que restaura la oralidad originaria en el corazón del sistema literario nacional.

Esta hipótesis no pretende ser la única clave de lectura posible de la poesía chilena, sino una que permite descubrir continuidades donde la periodización canónica solo ve rupturas. La relación entre la voz y la letra es, en última instancia, una relación entre el cuerpo que habla y el texto que permanece: una tensión que la poesía chilena ha resuelto de maneras siempre distintas y siempre provisionales, porque esa provisoriedad es la condición de su vitalidad.

El sistema educativo chileno, que ha hecho de la poesía un contenido central en la formación lingüística y ciudadana, tiene en esta tensión una oportunidad pedagógica: enseñar poesía no es solo enseñar a leer textos, sino a escuchar voces que la historia ha intentado silenciar y que la letra ha sabido preservar.

 

Notas

1 La fecha exacta de la formulación del "Non serviam" de Huidobro es debatida en la crítica. El manifiesto se atribuye habitualmente a una conferencia en el Ateneo de Santiago (ca. 1914), pero algunos estudios —entre ellos el de René de Costa (1984)— lo sitúan en 1916. Para una revisión crítica del problema, véase Camurati (1980) y la edición de Obras completas de Huidobro preparada por Bary (1976).

2 Jorge Teillier (1935–1996) vivió las décadas de la dictadura en condiciones de marginalidad cultural y personal, agravadas por la represión del entorno intelectual. Murió en 1996, en democracia, afectado por una enfermedad crónica. No fue perseguido político directo ni exiliado, aunque su posición como poeta asociado a la sensibilidad de izquierda lo alejó de los circuitos culturales durante el régimen.

3 Pedro Prado (1886–1952), fundador del grupo Los Diez y autor de Karez-I-Roshan (1910) y Flores de cardo (1908), es un poeta activo en el siglo XX, no en el XIX. Su obra pertenece al período que va desde el modernismo tardío hasta el criollismo, y convive cronológicamente con las primeras vanguardias.

4 La bandera de Chile de Elvira Hernández (pseudónimo de Teresa Adriasola) circuló clandestinamente durante la dictadura y fue publicada en su versión completa en 1991 (Buenos Aires: Libros de Tierra Firme). La fecha de composición se sitúa entre 1981 y 1983.

5 Rodrigo Lira (1949–1981) fue un poeta de enorme potencia creativa que se suicidó en 1981. Su caso es de gran complejidad: su ruptura con el circuito literario, su enfermedad mental y su situación de marginalidad no se reducen a una consecuencia directa de la represión política, aunque el contexto de la dictadura fue parte del entorno que agravó su situación. Una lectura matizada puede encontrarse en Turkeltaub (ed., 2003), Proyecto de obras completas.

6 Fernando Alegría (1918–2005) fue escritor y académico chileno radicado en Stanford desde los años cincuenta. Su posición respecto del exilio es más compleja que la de los poetas que debieron abandonar Chile tras el golpe de 1973: Alegría estaba en Estados Unidos mucho antes del golpe y, aunque fue un activo opositor a la dictadura desde el exterior, su figura no responde al perfil del exiliado político convencional. Para una revisión de los escritores chilenos en el exterior durante la dictadura, véase Morales (2012).

 

Referencias bibliográficas

Alegría, Fernando. (1954). La poesía chilena: orígenes y desarrollo del siglo XVI al XIX. Berkeley: University of California Press.

Ayala, Matías. (2005). Nicanor Parra, nacionalista: entre la enseñanza pública y la poesía popular. Revista Chilena de Literatura, 66, 107–117.

Bary, David (ed.). (1976). Vicente Huidobro: Obras completas. Santiago: Andrés Bello.

Camurati, Mireya. (1980). Poesía y poética de Vicente Huidobro. Buenos Aires: García Cambeiro.

Carrasco Muñoz, Iván. (s.f.). Antipoesía y neovanguardia. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (Portal Chile). Recuperado de www.cervantes.es

Coddou, Marcelo (ed.). (1987). Los modos de hacer en la antipoesía. Concepción: LAR.

Concha, Jaime. (1970). Neruda (1904–1936). Santiago: Editorial Universitaria.

Consejo Nacional de la Cultura y las Artes. (2017). Alumbrado por el relámpago: Gonzalo Rojas y su poesía (Cuaderno pedagógico). Santiago: CNCA.

De Costa, René. (1984). The Poetry of Pablo Neruda. Cambridge: Harvard University Press.

Díaz Arrieta, Hernán [Alone]. (1954). Historia personal de la literatura chilena. Santiago: Zig-Zag.

Rama, Ángel. (1984). La ciudad letrada. Hanover: Ediciones del Norte.

Memoria Chilena. (2020). Vanguardias chilenas: Presentación. Biblioteca Nacional de Chile. Recuperado de www.memoriachilena.gob.cl

Ministerio de Educación de Chile. (2023). Bases Curriculares Lengua y Literatura: Enseñanza Media. Santiago: MINEDUC.

Mistral, Gabriela. (2015). Gabriela Mistral y la educación: una historia en las sombras. Noticias Universidad de Chile. Recuperado de www.uchile.cl

Morales, Andrés. (2012). La poesía chilena pre y post golpe militar (1970–1989). Ponencia, Universidad Diego Portales. Publicada en CLE (ENS de Lyon).

Nómez, Naín. (2006). Poesía chilena contemporánea: breve antología crítica. Santiago: Andrés Bello.

Nómez, Naín. (1992). Pablo Neruda: El sistema poético de un mundo en crisis. Santiago: Ediciones Documentas.

Ong, Walter J. (1987). Oralidad y escritura: tecnologías de la palabra. México: Fondo de Cultura Económica.

Promis, José. (1995). Testimonios y documentos de la literatura chilena. Santiago: Nascimento.

Rojo, Grínor. (1990). Dirán que está en la gloria. Santiago: Fondo de Cultura Económica.

Schopf, Federico. (1986). Del vanguardismo a la antipoesía. Santiago: ORIGO Ediciones.

Subercaseaux, Bernardo. (2004). Historia de las ideas y de la cultura en Chile. Tomo IV: El cuerpo de la nación. Santiago: Editorial Universitaria.

Turkeltaub, David (ed.). (2003). Rodrigo Lira: Proyecto de obras completas. Santiago: Editorial Universitaria.

Zumthor, Paul. (1989). La letra y la voz de la "literatura" medieval. Madrid: Cátedra.


No hay comentarios:

Pruebas Tercero y Cuarto Medio

Material para Prueba El Problema del Conocimiento: Descartes y Locke

 Descargar el pdf  "El Problema del conocimiento" Descargar el pdf  "Descartes y la arquitectura del conocimiento" Desca...